quinta-feira, 25 de agosto de 2016

Machado de Assis — Misa de Gallo (Cuento trad.)


Machado de Assis (1839-1908)
Misa de gallo


(Missa do galo
Traducción de Elkin Obregón)



Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un vecino ir a la misa de gallo y preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.

La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres. A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y en más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.

¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote porque soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana; bien habría aceptado un harén, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.

Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo debería de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte[1]. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de las llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera se quedaba en casa.

—Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo este tiempo? —me preguntó la madre de Concepción.

—Leer, doña Ignacia.

Llevaba conmigo una novela, Los tres mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D’Artagnan y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción.

—¿Todavía no se ha ido? —preguntó.

—No, parece que aún no es medianoche.

—¡Qué paciencia!

Concepción entró en la sala, arrastraba las chinelas. Traía puesta una bata blanca, mal ceñida a la cintura. Era delgada, tenía un aire de visión romántica, como salida de mi novela de aventuras. Cerré el libro; ella fue a sentarse en la silla que quedaba frente a mí, cerca de la otomana. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo ruido, pero ella respondió enseguida:

—¡No! ¡Cómo cree! Me desperté yo sola.

La encaré y dudé de su respuesta. Sus ojos no eran de alguien que se acabara de dormir; parecían no haber empezado el sueño. Sin embargo, esa observación, que tendría un significado en otro espíritu, yo la deseché de inmediato, sin advertir que precisamente tal vez no durmiese por mi causa y que mintiese para no preocuparme o enfadarme. Ya dije que ella era buena, muy buena.

—Pero la hora ya debe de estar cerca.

—¡Qué paciencia la suya de esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No le dan miedo las almas del otro mundo? Observé que se asustaba al verme.

—Cuando escuché pasos, me pareció raro; pero usted apareció enseguida.

—¿Qué estaba leyendo? No me diga, ya sé, es la novela de los mosqueteros.

—Justamente; es muy bonita.

—¿Le gustan las novelas?

—Sí.

—¿Ya leyó La morenita[2]?

—¿Del doctor Macedo? La tengo allá en Mangaratiba.

—A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas ha leído?

Comencé a nombrar algunas. Concepción me escuchaba con la cabeza recargada en el respaldo, metía los ojos entre los párpados a medio cerrar, sin apartarlos de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada; nos quedamos así algunos segundos. Enseguida vi que enderezaba la cabeza, cruzaba los dedos y se apoyaba sobre ellos mientras los codos descansaban en los brazos de la silla; todo esto lo había hecho sin desviar sus astutos ojos grandes.

«Tal vez esté aburrida», pensé.

Y luego añadí en voz alta:

—Doña Concepción, creo que se va llegando la hora, y yo…

—No, no, todavía es temprano. Acabo de ver el reloj; son las once y media. Hay tiempo. ¿Usted si no duerme de noche es capaz de no dormir de día?

—Lo he hecho.

—Yo no; si no duermo una noche, al otro día no soporto, aunque sea media hora debo dormir. Pero también es que me estoy haciendo vieja.

—Qué vieja ni qué nada, doña Concepción.

Mi expresión fue tan emotiva que la hizo sonreír. Habitualmente sus gestos eran lentos y sus actitudes tranquilas; sin embargo, ahora se levantó rápido, fue al otro lado de la sala y dio unos pasos, entre la ventana de la calle y la puerta del despacho de su marido. Así, con su desaliño honesto, me daba una impresión singular. A pesar de que era delgada, tenía no sé qué cadencia en el andar, como alguien que le cuesta llevar el cuerpo; ese gesto nunca me pareció tan de ella como en aquella noche. Se detenía algunas veces, examinaba una parte de la cortina, o ponía en su lugar algún adorno de la vitrina; al fin se detuvo ante mí, con la mesa de por medio. El círculo de sus ideas era estrecho; volvió a su sorpresa de encontrarme despierto, esperando. Yo le repetí lo que ella ya sabía, es decir, que nunca había oído la misa de gallo en la Corte, y no me la quería perder.

—Es la misma misa de pueblo; todas las misas se parecen.

—Ya lo creo; pero aquí debe haber más lujo y más gente también. Oiga, la Semana Santa en la Corte es más bonita que en los pueblos. Y qué decir de las fiestas de San Juan, y las de San Antonio…

Poco a poco se había inclinado; apoyaba los codos sobre el mármol de la mesa y metía el rostro entre sus manos abiertas. No traía las mangas abotonadas, le caían naturalmente, y le vi la mitad de los brazos, muy claros y menos delgados de lo que se podría suponer. Aunque el espectáculo no era una novedad para mí, tampoco era común; en aquel momento, sin embargo, la impresión que tuve fue fuerte. Sus venas eran tan azules que, a pesar de la poca claridad, podía contarlas desde mi lugar. La presencia de Concepción me despertó aún más que la del libro. Continué diciendo lo que pensaba de las fiestas de pueblo y de ciudad, y de otras cosas que se me ocurrían. Hablaba enmendando los temas, sin saber por qué, variándolos y volviendo a los primeros, y riendo para hacerla sonreír y ver sus dientes que lucían tan blancos, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros, pero sí oscuros; la nariz, seca y larga, un poquito curva, le daba a su cara un aire interrogativo. Cuando yo subía el tono de voz, ella me reprimía:

—¡Más bajo! Mamá puede despertarse.

Y no salía de aquella posición, que me llenaba de gusto, tan cerca quedaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para ser escuchado; murmurábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se quedaba seria, muy seria, con la cabeza un poco torcida. Finalmente se cansó; cambió de actitud y de lugar. Dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado, en la otomana. Volteé, y pude ver, de reojo, la punta de las chinelas; pero fue sólo el tiempo que a ella le llevó sentarse, la bata era larga y se las tapó enseguida. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo bajito:

—Mamá está lejos, pero tiene el sueño muy ligero, si despierta ahora, pobre, se le va a ir el sueño.

—Yo también soy así.

—¿Cómo? —preguntó ella inclinando el cuerpo para escuchar mejor.

Fui a sentarme en la silla que quedaba al lado de la otomana y le repetí la frase. Se rió de la coincidencia, también ella tenía el sueño ligero; éramos tres sueños ligeros.

—Hay ocasiones en que soy igual a mamá; si me despierto me cuesta dormir de nuevo, doy vueltas en la cama a lo tonto, me levanto, enciendo una vela, paseo, vuelvo a acostarme y nada.

—Fue lo que le pasó hoy.

—No, no —me interrumpió ella.

No entendí la negativa; puede ser que ella tampoco la entendiera. Agarró las puntas del cinturón de la bata y se pegó con ellas sobre las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después habló de una historia de sueños y me aseguró que únicamente había tenido una pesadilla, cuando era niña. Quiso saber si yo las tenía. La charla se fue hilvanando así lentamente, largamente, sin que yo me diese cuenta ni de la hora ni de la misa. Cuando acababa una narración o una explicación, ella inventaba otra pregunta u otro tema, y yo tomaba de nuevo la palabra. De vez en cuando me reprimía:

—Más bajo, más bajo.

Había también unas pausas. Dos o tres veces me pareció que dormía, pero sus ojos cerrados por un instante se abrían luego, sin sueño ni fatiga, como si los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas veces, creo, se dio cuenta de lo embebido que estaba yo de su persona, y recuerdo que los volvió a cerrar, no sé si rápido o despacio. Hay impresiones de esa noche que me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me cuesta trabajo. Una de ésas que todavía tengo frescas es que, de repente, ella, que apenas era simpática, se volvió linda, lindísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados; yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro, y me obligó a permanecer sentado. Pensé que iba a decir alguna cosa, pero se estremeció, como si tuviese un escalofrío, me dio la espalda y fue a sentarse en la silla, en donde me encontrara leyendo. Desde allí, lanzó la vista por el espejo que quedaba encima de la otomana, habló de dos grabados que colgaban de la pared.

—Estos cuadros se están haciendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compremos otros.

Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del asunto principal de este hombre. Uno representaba a «Cleopatra»; no recuerdo el tema del otro, eran mujeres. Vulgares ambos; en aquel tiempo no me parecieron feos.

—Son bonitos —dije.

—Son bonitos, pero están manchados. Y además, para ser francos, yo preferiría dos imágenes, dos santas. Éstas se ven más apropiadas para cuarto de muchacho o de barbero.

—¿De barbero? Usted no ha ido a ninguna barbería.

—Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de señoritas y de enamoramientos, y naturalmente el dueño de la casa les alegra la vista con figuras bonitas. En casa de familia es que no me parece que sea apropiado. Es lo que pienso; pero yo pienso muchas cosas; así, raras. Sea lo que sea, no me gustan los cuadros. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, mi patrona, muy bonita; pero es escultura, no se puede poner en la pared, ni yo quiero, está en mi oratorio.

La idea del oratorio me trajo la de la misa, me recordó que podría ser tarde y quise decirlo. Creo que llegué a abrir la boca, pero luego la cerré para escuchar lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal languidez que le provocaba pereza a mi alma y la hacía olvidarse de la misa y de la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y señorita. Después se refería a unas anécdotas, historias de paseos, reminiscencias de Paquetá[3], todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de los cuidados de la familia que, desde antes de casarse, le habían dicho que eran muchos, pero no eran nada. No me contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.

Y ahora no se cambiaba de lugar, como al principio, y casi no salía de la misma actitud. No tenía los grandes ojos largos, y empezó a mirar a lo tonto hacia las paredes.

—Necesitamos cambiar el tapiz de la sala —dijo poco después, como si hablara consigo misma.

Estuve de acuerdo para decir alguna cosa, para salir de la especie de sueño magnético, o lo que sea que fuere que me cohibía la lengua y los sentidos. Quería, y no, acabar la charla; hacía un esfuerzo para desviar mis ojos de ella, y los desviaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pareciera que me estaba aburriendo, cuando no lo era, me llevaba de nuevo los ojos hacia Concepción. La conversación moría. En la calle, el silencio era total.

Llegamos a quedarnos por algún tiempo —no puedo decir cuánto— completamente callados. El rumor, único y escaso, era un roído de ratón en el despacho, que me despertó de aquella especie de somnolencia; quise hablar de ello, pero no encontré la manera. Concepción parecía divagar. Un golpe en la ventana, por fuera, y una voz que gritaba: «¡Misa de gallo!, ¡misa de gallo!».

—Allí está su compañero, qué gracioso; usted quedó de ir a despertarlo, y es él quien viene a despertarlo a usted. Vaya, que ya debe de ser la hora; adiós.

—¿De verdad? —pregunté.

—Claro.

—¡Misa de gallo! —repitieron desde afuera, golpeando.

—Vaya, vaya, no se haga esperar. La culpa ha sido mía. Adiós, hasta mañana.

Y con la misma cadencia del cuerpo, Concepción entró por el corredor adentro, pisaba mansamente. Salí a la calle y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos de allí a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el sacerdote y yo; que se disculpe esto por mis diecisiete años. A la mañana siguiente, en la comida, hablé de la misa de gallo y de la gente que estaba en la iglesia, sin excitar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciera recordar la charla de la víspera. Para Año Nuevo fui a Mangaratiba. Cuando regresé a Río de Janeiro, en marzo, el escribano había muerto de una apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero no la visité, ni me la encontré. Más tarde escuché que se había casado con el escribiente sucesor de su marido.


***

[1] El autor alude a la ciudad de Río de Janeiro, por esos años capital del Imperio bajo el reinado de don Pedro II. (N. del T.)

[2] A Moreninha (1844), de Joaquim Manuel de Macedo, fue una novela muy popular en el Brasil de esos años. (N. del T.)

[3] Isla distante unas pocas millas de la bahía de Guanabara. Por esos años muy frecuentada como lugar de paseo o verano de la sociedad carioca. (N. del T.)

***

Páginas recogidas (1899)

sábado, 6 de agosto de 2016

Um Louco — Guy de Maupassant (Conto)

UM LOUCO

Guy de Maupassant


Ele morreu como chefe de um tribunal de alta instância, magistrado íntegro cuja vida impecável era citada em todas as cortes da França. Advogados, jovens conselheiros e juízes o cumprimentavam inclinando-se profundamente, em sinal de enorme respeito, diante de sua figura alta, branca e magra, iluminada por dois olhos brilhantes e profundos.

Passara a vida perseguindo o crime e protegendo os fracos. Escroques e assassinos nunca haviam tido inimigo mais temível, pois ele parecia ler, no fundo de suas almas, seus pensamentos secretos, e desvendar, com um passar de olhos, todos os mistérios de suas intenções.

Morreu então, aos 82, cercado de homenagens e acompanhado pelo lamento de todo um povo. Soldados de calças vermelhas o escoltaram até seu túmulo e homens de gravatas brancas lançaram sobre seu caixão palavras tristes e lágrimas que pareciam verdadeiras.

Pois bem, eis o estranho papel que o escrivão, desnorteado, descobriu na escrivaninha onde ele costumava trancar os dossiês dos grandes criminosos.

Seu título era:

POR QUÊ?

20 de junho de 1851 — Saio da sessão. Condeno Blondel à morte! Por que, afinal, havia aquele homem matado seus cinco filhos? Por quê? Muitas vezes encontramos pessoas para quem destruir a vida é uma volúpia. Sim, sim, deve ser uma volúpia, talvez a maior de todas, pois matar não é o que mais se assemelha a criar? Fazer e destruir. Estas duas palavras encerram a história dos universos, toda a história dos mundos, tudo o que existe, tudo! Por que matar é embriagador?

Pensar que ali está um ser que vive, que anda, que corre… Um ser? O que é um ser? Essa coisa animada, que traz em si o princípio do movimento e uma vontade que determina esse movimento! Essa coisa a nada se prende. Seus pés não se unem ao solo. É um grão de vida que se mexe sobre a terra; e este grão de vida, vindo não sei de onde, podemos destruir como quisermos. E então nada, mais nada. Apodrece, acaba.

26 de junho — Por que, então, é crime matar? É, por quê? Pelo contrário, é a lei da natureza. Todo ser tem como missão matar: ele mata para viver e mata por matar.

Matar está em nossa índole; é preciso matar! O animal mata sem parar, o dia todo, a todo instante de sua existência. O homem mata sem parar para se alimentar, mas como tem necessidade de matar também por volúpia, ele inventou a caça! A criança mata os insetos que encontra, os passarinhos, todos os pequenos animais que lhe caem nas mãos. Mas isto não basta à irresistível necessidade de massacre que há em nós. Não é suficiente matar o animal, precisamos também matar o homem. Antigamente, satisfazia-se este desejo com os sacrifícios humanos. Hoje, a necessidade de viver em sociedade fez do assassinato um crime. Condena-se e pune-se o assassino! Mas como não podemos nos entregar a este instinto natural e impiedoso da morte, aliviamo-nos de tempos em tempos por meio de guerras onde todo um povo destrói outro povo. Temos então uma orgia de sangue, uma orgia na qual se precipitam os exércitos e da qual continuam a se embebedar os burgueses, mulheres e crianças que leem, à noite, sob a lamparina, a narrativa exaltada dos massacres.

E poder-se-ia dizer que desprezamos aqueles destinados a realizar essas carnificinas de homens! Não. Nós os cobrimos de honrarias! Nós os vestimos com ouro e tecidos brilhantes, eles usam plumas na cabeça, enfeites sobre o peito, e nós lhes damos cruzes, recompensas, títulos de toda natureza. Eles são orgulhosos, respeitados, amados pelas mulheres, aclamados pela multidão, unicamente porque têm por missão espalhar o sangue humano! Eles arrastam pelas ruas seus instrumentos de morte que o passante vestido de negro olha com inveja. Porque matar é a grande lei lançada pela natureza no coração do ser! Nada há de mais belo e mais honorável do que matar!

30 de junho — Matar é a lei; porque a natureza ama a eterna juventude. Ela parece gritar em todos os seus atos inconscientes: “Depressa! Depressa! Depressa! ” Mais ela destrói, mais se renova.

2 de julho — O ser, o que é o ser? Tudo e nada. Pelo pensamento, ele é o reflexo de tudo. Pela memória e pela ciência, é um resumo do mundo, do qual traz em si a história. Espelho de coisas e espelho de fatos, cada ser humano toma-se um pequeno universo no universo!

Mas viaje, veja fervilharem as raças, e o homem nada mais é! Mais nada, nada! Suba num barco, afaste-se da margem coberta pela multidão e logo nada verá além da costa. O ser imperceptível desaparece, de tão pequeno e insignificante. Atravesse a Europa num trem veloz e olhe pela janela. Homens, homens, sempre homens, inúmeros, desconhecidos, que fervilham nos campos, que fervilham nas ruas; camponeses estúpidos sabendo apenas revirar a terra; mulheres horrendas sabendo apenas fazer a sopa do macho e engravidar. Vá às índias, vá à China, e continuará a ver agitarem-se milhares de seres que nascem, vivem e morrem sem deixar mais traços do que a formiga esmagada nas estradas. Vá ao país dos negros, refugiados em barracos de barro; ao país dos árabes brancos, abrigados sob uma barraca marrom que flutua ao vento, e compreenderá que o ser isolado, determinado, não é nada, nada. A raça é tudo! O que é o ser, o ser qualquer de uma tribo errante do deserto? E essas pessoas, que são sábias, não se inquietam com a morte. O homem não conta para eles. Mata-se seu inimigo: é a guerra. Isto já era feito outrora, de castelo em castelo, de província em província.

Sim, atravesse o mundo e veja fervilharem os humanos incontáveis e desconhecidos. Desconhecidos? Ah! Eis a palavra do problema! Matar é crime porque nós enumeramos os seres. Quando eles nascem, nós os inscrevemos, nomeamos, batizamos. A lei os captura! É claro! O ser que não é registrado não conta; mate-o na campina ou no deserto, mate-o na montanha ou na planície, dá na mesma! A natureza ama a morte; ela não pune!

O que é sagrado, por exemplo, é o estado civil! Claro! É ele quem defende o homem. O homem é sagrado porque está inscrito no estado civil! Respeito ao estado civil, o Deus legal! De joelhos!

O Estado pode matar, porque ele tem o direito de modificar o estado civil. Quando ele faz decapitar 200 mil homens numa guerra, ele os risca em seu estado civil, ele os suprime pela mão de seus escrivães. Está feito. Mas nós, que não podemos alterar as escrituras dos cartórios, nós devemos respeitar a vida. Estado civil, gloriosa Divindade que reinas nos templos das municipalidades, eu te saúdo. És mais forte que a Natureza. Ah! Ah!

3 de julho — Matar deve ser um saboroso e estranho prazer, ter ali, diante de si, o ser vivo, pensante; fazer um pequeno furo, apenas um pequeno furo, ver escorrer esta coisa vermelha que é o sangue, que faz a vida, e só ter diante de si um monte de carne mole, fria, inerte, vazia de pensamento!

5 de agosto — Eu, que passei minha vida julgando, condenando, matando pelas palavras pronunciadas, matando pela guilhotina aqueles que haviam matado pela faca, eu! eu! se eu fizesse como todos os assassinos que atingi, eu! eu! quem saberia?

Quem saberia? Desconfiariam de mim, de mim, sobretudo se escolhesse um ser que não tivesse qualquer interesse em suprimir?

15 de agosto — A tentação! A tentação entrou em mim como um verme que rasteja. Ela rasteja, ela vai; ela passeia por todo o meu corpo, por meu espírito, que só pensa nisto: matar; por meus olhos, que sentem necessidade de olhar para o sangue, de ver morrer; por meus ouvidos, pelos quais passa sem cessar alguma coisa desconhecida, horrível, dilacerante e aterradora, como o último grito de um ser; por minhas pernas, onde treme o desejo de ir, de ir ao local onde a coisa acontecerá; por minhas mãos que se agitam com a necessidade de matar. Como deve ser bom, raro, digno de um homem livre, acima dos outros, senhor de seu coração e que busca sensações refinadas!

22 de agosto — Eu não podia mais resistir. Matei um animalzinho para ensaiar, para começar.

Jean, meu empregado tinha um canário numa gaiola suspensa à janela do escritório. Mandei-o fazer umas compras e peguei o passarinho em minha mão na qual eu sentia bater seu coração. Ele sentia calor. Subi para o meu quarto. De vez em quando, eu o apertava com mais força; seu coração batia mais depressa, era atroz e delicioso. Quase o sufoquei. Mas eu veria o sangue.

Então peguei a tesoura, uma tesourinha de unhas, e cortei-lhe a garganta com três golpes, bem devagar. Ele abria o bico, tentava escapar de mim. Mas eu o segurava, ah!, eu o segurava — eu teria segurado um buldogue — e vi o sangue escorrer. Como é belo, vermelho, reluzente, claro o sangue! Eu tinha vontade de bebê-lo. Molhei nele a ponta de minha língua! É bom. Mas tinha tão pouco sangue esse pobre passarinho! Não tive tempo de gozar daquela visão como gostaria. Deve ser fantástico ver sangrar um touro.

E depois fiz como os assassinos, como os de verdade. Lavei a tesoura, lavei minhas mãos; joguei fora a água e levei o corpo, o cadáver, para o jardim para enterrá-lo. Enfiei-o debaixo de um pé de morango. Nunca o encontrarão. Comerei todos os dias um morango daquele pé. Realmente, como se pode gozar a vida, quando se sabe!

Meu empregado chorou; ele acredita que seu pássaro fugiu. Como suspeitaria de mim? Ah! Ah!

25 de agosto — E preciso que eu mate um homem! É preciso.

30 de agosto — Está feito. Como é pouco!

Eu tinha ido passear no bosque de Vernes. Não pensava, não, em nada. Eis uma criança no caminho, um garotinho que comia um pão com manteiga. Ele pára ao me ver passar e diz:

— Bom dia, seu presidente.

E o pensamento me entra na cabeça: "E se eu o matasse?"

Respondo:

— Está sozinho, meu menino?

— Estou sim, senhor.

— Sozinho no bosque?

— Estou sim, senhor.

A vontade de matá-lo me inebriava como álcool. Aproximei-me devagar, certo de que ele iria fugir. E eis que o pego pela garganta... eu o aperto, aperto-o com toda a minha força! Ele me olhou com olhos de pavor! Que olhos! Redondos, profundos, límpidos, terríveis! Nunca senti uma emoção tão brutal… mas tão curta! Ele segurava meus punhos com suas mãozinhas, e seu corpo se retorcia como uma pluma ao fogo. Então não se mexeu mais.

Meu coração batia, ah! O coração do pássaro! Atirei o corpo no fosso, depois joguei mato por cima.

Voltei para casa, jantei bem. Como é pouco! A noite, eu estava muito alegre, leve, remoçado, estive na casa do prefeito. Acharam-me espiritual.

Mas não vi o sangue! Estou tranquilo.

30 de agosto — Descobriram o cadáver. Procuram o assassino. Ah! Ah!

1º de setembro — Prenderam dois andarilhos. Faltam provas.

2 de setembro — Os pais vieram me ver. Choraram! Ah! Ah!

6 de outubro — Nada descobriram. Algum vagabundo errante teria feito aquilo. Ah! Ah! Se eu tivesse visto o sangue escorrer, acho que estaria tranquilo agora.

10 de outubro — A vontade de matar me corre pelos ossos. É comparável aos males de amor que nos torturam aos 20 anos.

20 de outubro — Mais um. Eu ia pela margem do rio, depois do almoço. E vi, debaixo de um salgueiro, um pescador adormecido. Era meio-dia. Uma pá parecia estar, de propósito, plantada num campo de batatas ali perto.

Eu a apanhei, voltei; ergui-a como uma clava e, de um só golpe, com a lâmina, rachei a cabeça do pescador. Ah! ele sangrou! Um sangue rosado, cheio de miolos! Escorria para a água, bem devagar. E eu parti num passo grave. Se me tivessem visto! Ah! Ah! Eu daria um excelente assassino.

25 de outubro — O caso do pescador provoca um grande tumulto. Acusam seu sobrinho, que pescava com ele.

26 de outubro — O promotor afirma que o sobrinho é culpado. Todos na cidade acreditam nisso. Ah! Ah!

27 de outubro — O sobrinho defende-se bem mal. Tinha ido à aldeia comprar pão e queijo, afirma. Jura que mataram o seu tio durante sua ausência! Quem acreditaria nele?

28 de outubro — O sobrinho quase confessou, de tanto que o fizeram perder a cabeça! Ah! Ah! A justiça!

15 de novembro — Há provas arrasadoras contra o sobrinho, que herdaria os bens do tio. Eu presidirei o julgameto.

15 de janeiro — À morte! à morte! à morte! Fiz com que fosse condenado à morte. Ah! Ah! O advogado de acusação falou como um anjo! Ah! Ah! Mais um. Irei assistir à execução.

10 de março — Acabou. Ele foi guilhotinado esta manhã. Está muito bem morto! Muito bem! Aquilo me deu prazer! Como é bonito ver cortar a cabeça de um homem! O sangue jorrou como uma corrente, como uma corrente! Oh! Se eu pudesse, gostaria de me banhar nela. Que vontade de me deitar ali embaixo, de receber aquilo em meus cabelos e em meu rosto, e de me levantar todo vermelho, todo vermelho! Ah! Se soubessem!

Agora esperarei, posso esperar. Seria preciso tão pouco para me deixar apanhar.

O manuscrito continha ainda muito mais páginas, mas sem relatar qualquer crime novo.

Os médicos alienistas, a quem ele foi confiado, afirmam existir no mundo muitos loucos ignorados, tão hábeis e tão temíveis quanto este monstruoso demente.


***

Título original: Un Fou
Publicado pela primeira vez em 1885
Tradução de CELINA PORTOCARRERO

segunda-feira, 1 de agosto de 2016

Balzac — AO “CHAT-QUI-PELOTE” - Ilustrações

HONORÉ DE BALZAC - AO “CHAT-QUI-PELOTE”
(...) uma manhã chuvosa do mês de março, um rapaz, cuidadosamente envolto na sua capa, estava sob o telheiro da loja fronteira àquela velha habitação e parecia examiná-la com o entusiasmo de um arqueólogo.

***

— Está vendo o que o amor me fez fazer? — sussurrou o artista ao ouvido da tímida criatura, que ficou apavorada com essas palavras.